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Como en todo fin de año, este es un momento en el que reflexionamos sobre el año que termina. Mucho pasa en un 365 días. ¿Recuerda usted que a estas alturas de 2007 todo el mundo discutía sobre si habría o no una recesión en Estados Unidos, y oíamos convincentes argumentos sobre por qué esta vez el resto del mundo estaría inmune de contagio?
Hay años que pasan desapercibidos, que uno apenas recuerda; éste, no será uno de ellos. Así como escuchamos a nuestros padres o abuelos contarnos relatos sobre la Gran Depresión, o estudiamos en los libros de historia con respecto a la indeleble huella que éste tuvo en la historia, así nuestros hijos les contarán a sus nietos sobre el colapso de 2008; sobre el año en el cual las empresas financieras del mundo se arruinaron y sentaron la base para la tremenda recesión mundial de 2009.
Difícilmente se recordarán términos como “subprime”, y dudo que el infame nombre de Madoff perdure. Se hablará, sin embargo, de cómo miles de “hedge funds” se colapsaron en 2009, del altísimo desempleo y de la debacle en las economías emergentes.
Me imagino dentro de décadas a una linda jovencita, de la edad que hoy tienen mis hijas, abriendo a regañadientes su libro de historia para leer sobre cómo antes de 2009 había mitos absurdos. Cómo se pensaba que el imperio estadounidense se derrumbaría y países como China, la Unión Soviética, o la India, serían las nuevas potencias.
Leerá que se pensaba que estos países podían tomar atajos para convertirse en potencias desarrolladas, ahorrándose el complejo proceso de primero desarrollar un estado de derecho, de incorporar a las minorías a su sociedad, de fomentar procesos democráticos sólidos, de desarrollar instituciones educativas trascendentes que preparen a la población y sienten la base para desarrollo tecnológico.
En ese mismo capítulo se hablará sobre el mito genial que se había llegado a creer en 2008, cuando se asumía que los precios de las materias primas serían permanentemente altos porque los países más poblados del mundo decidieron industrializarse; y resultará irrisorio que alguien haya pensado que estos países podrían crecer con inercia propia, sin necesitar del estímulo proveniente de la bujía más poderosa del planeta. La niña cerrará su libro y pensará en que la gente de antes era menos sofisticada y por eso era engañada tan fácilmente.
Me pregunto qué tendrá trascendencia histórica en el año que comienza. Es muy difícil intuirlo sin la perspectiva que sólo da el tiempo. Me imagino a aquellos que vivieron durante la hoy llamada Primera Guerra Mundial, quienes antes la conocieron como “La Gran Guerra”, se requirió de otra mucho más sangrienta e inhumana para poner la primera en perspectiva.
¿Se gestarán cambios políticos y sociales de trascendencia histórica a partir del colapso económico? Es difícil saberlo. Como he dicho antes, en el caso del proceso electoral estadounidense, la preocupación sobre la fragilidad económica provocó la elección del candidato improbable, de quien jamás hubiese sido electo en medio de un ambiente estable. ¿Pero, qué pasará en el resto del mundo?
Es preocupante pensar que la respuesta está hoy en las manos de los gobernantes que están por escribir la historia. Mi preocupación proviene de la ineptitud y propensión al populismo que numerosos gobiernos en el poder han mostrado. Éstos, lejos de aprovechar el momento de abundancia y crecimiento para impulsar reformas complejas y hacer inversiones trascendentes, prefirieron asumir que la prosperidad sería eterna.
En Latinoamérica, los gobiernos han sido –en general- el epítome de la torpeza y ahora los mismos estarán a cargo de guiar a sus países a través de la madre de todas las tormentas. De su pericia dependerá la temporalidad del daño. Si lo hacen bien, 2009 será un año complicado que preferirían olvidar; si lo hacen mal, será imposible hacerlo.
Es probable que 2007 trascienda como el año en el que estalló la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos y Europa; 2008 como el año en que, como consecuencia del anterior, se colapsó el sector financiero, el crédito y la inversión privada. 2009 será el año en el que la situación de 2008 arrasó con el consumo privado.
He gastado mucha tinta hablando en este espacio sobre los excesos que en términos de despilfarro se cometieron en los últimos años. Aún más he escrito sobre el endeudamiento desproporcionado de las familias estadounidenses y de los intermediarios financieros en el mundo desarrollado.
Pero, como he dicho tantas veces, el consumidor estadounidense es 17% del PIB de la humanidad, y estamos por ver qué pasa cuando éste decide quedarse en casa y empezar a ahorrar y pagar lo que debe. Déjeme echar a perder el suspenso final de mi historia: no va a ser una situación agradable.
Estados Unidos y los países en vías de desarrollo enfrentan una decisión complicada: están dispuestos a sufrir dolor insoportable durante uno o dos años, o prefieren sentir dolor moderado durante un período mucho más largo. En uno u otro escenario, parte de la decisión se debe tomar en función a la fragilidad o solidez del sistema político y de las instituciones o, al menos, a las implicaciones políticas para el partido o líder en el poder.
Este es un momento en el cual las soluciones fáciles tendrán un impacto no deseable y duradero. La economía argentina, por ejemplo, enfrentaba un severo problema fiscal que pudo haberse enfrentado con diversas medidas probablemente dolorosas y de complejidad política variable. La decisión, sin embargo, fue “expropiar” (hay sitios donde se usa un término menos agradable) los fondos de pensiones privados para con éstos financiar al estado.
Para quienes están más cerca de los árboles ésta puede parecer una medida audaz pero necesaria, otros se han resignado a las medidas arbitrarias y han perdido la sensibilidad a su trascendencia temporal. Visto desde aquí, el haber elegido la opción populista hoy solamente pospone la moratoria de la deuda argentina que será inevitable, y marginará por décadas a este país de los mercados financieros internacionales cuando la normalidad regrese (y sí, regresará).
Las exportaciones argentinas están por desplomarse en un momento en el cual necesitan de financiamiento externo. El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner ha logrado, además, asustar no sólo a los inversionistas extranjeros (quienes ya estaban bastante golpeados), sino también a los locales. Ante el ferviente deseo de conservar lo que se pueda, los empresarios argentinos –quienes han visto esta película más de una vez- están generando una de las mayores fugas de capitales en décadas.
Considerando lo que viene, no los culpo. Por otro lado, este proceso dará justificación a otras tantas medidas populistas y arbitrarias que se escudarán en la falta de “patriotismo” de aquellos a quienes no les gusta trabajar toda la vida para ver como su patrimonio se desmorona a partir de políticas obtusas.
Venezuela será el otro monumento a la arrogancia. Chávez se sintió el redentor de los pobres del continente e, incluso, de los pobres estadounidenses (infinitamente menos pobres que los pobres venezolanos). Partió de la fantástica idea de que podría seguir exportando hidrocarburos a precios crecientes y que, por ello, no era necesario invertir, buscar fuentes de riqueza alternativas, o al menos guardar un poco para cuando el invierno arrecie.
Ahora, con el precio del petróleo a una cuarta parte de cómo estaba, la realidad tocará a su puerta; el Bolivar tendrá una devaluación aún mayor. Hoy su principal preocupación es mantenerse en el poder a toda costa, cosas más importantes le estarán quitando el sueño dentro de un año.
Pero aun países como Brasil y México pagarán por el atrevimiento de creerse más allá del contagio. Los gobernantes mexicanos se darán topes contra la pared por no haber logrado pasar una reforma energética trascendente, mientras que los brasileños volverán a darse cuenta del colosal peso de su ineficiente gobierno en la economía y del enorme lastre que éste será, si no se reforma, para que el país algún día se desarrolle.
México enfrentará un serio problema de balanza de pagos. Por la parte de la balanza de cuenta corriente, verán que la importación que los estadounidenses hacían de manufacturas mexicanas se para en seco. En la balanza de capitales resentirán el desplome de las remesas que provenían de los migrantes mexicanos en Estados Unidos.
Verán como la inversión extranjera directa se detiene casi por completo, mientras que la inversión en portafolios es negativa conforme los inversionistas institucionales estadounidenses y europeos se llevan su liquidez de regreso, y la empiezan a utilizar –cuando las aguas se calmen- para participar en sus propias clases de activo devastadas y devaluadas.
El impacto de los bajos precios del petróleo se compensará entre exportaciones de crudo a menores precios, con la importación de productos refinados más baratos. Sin embargo, el impacto fiscal del menor ingreso petrolero será agudo.
La economía mexicana decrecerá 2% o más en 2009, y quizá la única alternativa para mitigar los efectos de su situación externa será que el peso nuevamente se devalúe.
Aun los países como Chile, Perú y Colombia, que parecen en una mejor situación, reflejarán la crisis en mucho menor crecimiento. La situación chilena, quizá la mejor en el continente, será afectada no sólo por estar en el barrio equivocado, sino también pagarán por las rigideces laborales que el gobierno de Bachelet parece empeñado en imponerle, y por la enorme concentración en un puñado de grupos que se han desarrollado de manera oligopólica en el sector privado.
El crédito en Chile ha desaparecido, la economía tendrá crecimiento negativo, sufrirá mayor desempleo y, a pesar de haber ahorrado en la época de vacas gordas, una reducción de 70% en el precio del cobre, duele.
La economía peruana resentirá la caída en el precio de los minerales y menores niveles de inversión extranjera. Colombia se arrepentirá de no haber hecho reformas fiscales a tiempo y sudará para financiar su alto déficit en cuenta corriente en un entorno en el cual la inversión extranjera y las abundantes ofertas públicas son ahora cosa del pasado.
De Ecuador, que prefiere comprar aviones presidenciales a pagar su deuda externa; y de Bolivia, que parece empeñada en mantener vivos los debates clasistas dignos de Ernesto Guevara en los sesenta, mejor ni hablamos.
A los países centroamericanos les afectará, como a México, el colapso de las remesas y, en el extremo, países como Nicaragua que también se empeñan en vivir en el pasado, se verán mucho más afectados.
Este será un año en el que América Latina tendrá que despertar de ese sueño de opio en el cual podían nacer como países desarrollados sin requerir del dolor del parto. Se arrepentirán de no haber tenido las agallas para hacer reformas de fondo y se darán cuenta de que, desafortunadamente, mientras no se invierta en desarrollar un estado de derecho sólido, mientras no se erradique de tajo la corrupción, mientras no se desarrolle un respeto indiscutible por la propiedad privada, mientras no se invierta en desarrollar un modelo educativo que empiece a revertir siglos de atraso; mientras todo esto no ocurra, seguiremos siendo simplemente las rémoras de los países industrializados.
Como me deseó un buen amigo, le deseo a ustedes también un año que sea claramente contracíclico. Le deseo que logre la paz y estabilidad que le permitan apreciar su salud, a su familia, a sus amigos; le deseo mucha curiosidad y aprendizaje; le deseo que se de cuenta de que vivimos en tiempos extraordinariamente trascendentes, y que esta consciencia le permita utilizar la crisis para sentar las bases para un desarrollo personal y material satisfactorio y duradero. De paso le deseo que siga con ganas de leer lo que aquí escribo. Le prometo esmerarme para, yo también, aprender mucho de todo esto.
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