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Jorge Suárez-Vélez
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La esperanza es peligrosa

5 de diciembre de 2008, 04:00 AM

¿Recuerda usted la película The Shawshank Redemption? Es una de mis favoritas.“Hope is a dangerous place”, esa es la frase que Red le dice a Andy Dufresne cuando este último se atrevió a experimentar ese sentimiento durante su estancia en la prisión.

A veces comparto un poco de esa culpa cuando me atrevo a creer en un político. “Son todos iguales”… me digo; “recuerda la última vez que creíste”, me repito. Sin embargo, algunos de los primeros destellos del proceso de transición del presidente electo Obama me llevan a osar tan riesgosa emoción.

Como dije la semana pasada, la historia presenta una oportunidad, sin precedente en décadas, para las economías del mundo desarrollado.

En las épocas de vertiginoso crecimiento, de mercados con generosas alzas, de abundancia de empleo, y de vacas gordas en general; los gobiernos, las empresas y la gente desarrollan actitudes apáticas y complacientes.

Los prolongados períodos de prosperidad pueden generar vicios y malas costumbres.Hacen que todos crean merecer el éxito y que se olviden del constante trabajo que lógicamente debe requerirse.

En los buenos tiempos la gente privilegia la estabilidad y no tiene alicientes para desear grandes cambios. Todos empiezan a pretender que la abundancia es una condición normal, que uno merece lo que tiene, y olvida la sana relación que tiene que haber entre esfuerzo, sacrificio y éxito.

Los periodos de crisis, por otra parte, originan un proceso de evolución natural y deseable.

Sobrevive el que está en condiciones para hacerlo; el débil, obsoleto o inepto desaparece o se consolida con el fuerte, eficiente y apto.

La historia de las empresas está plagada de ejemplos de aquellas que lograron mutar y adaptarse, y aquellas que –al no hacerlo- sucumbieron.

Entre los países ocurre lo mismo. Hay múltiples historias de oportunidades para transformarse que se han desperdiciado. Esto aplica tanto para temas económicos como geopolíticos.

El ejemplo más reciente que se me ocurre está en los ataques del once de septiembre de 2001.

Después de que éstos ocurrieron, las muestras de solidaridad con Estados Unidos provenientes de la comunidad internacional ignoraron diferencias y antagonismos previos. Muchos sintieron los ataques a Nueva York y Washington como una potencial colisión entre el mundo occidental y el terrorismo islámico; era un ataque al modo de vida de occidente y a sus valores, cuya esencia se manifestaba en una ciudad como Nueva York.

El presidente Bush pudo utilizar la oportunidad para invitar a una reacción concertada con países que podían haber participado del esfuerzo global.

En vez de esa alternativa, la administración de Bush adoptó una política de aislamiento -“con nosotros o en contra nuestra”- que acabó provocando una respuesta unilateral: la impopular invasión a Irak, un país ni siquiera involucrado en los ataques del once de septiembre.

Pero hay muchos otros ejemplos. La administración de Carter pudo haber aprovechado la crisis energética ocasionada por el embargo petrolero de los setenta para iniciar un proceso para reducir la dependencia estadounidense de combustibles fósiles.

El conflicto con la teocracia Iraní había confirmado el temor de depender de países y regiones fundamentalmente inestables para obtener hidrocarburos. La oportunidad, sin embargo, tampoco se explotó.

Mucho se ha hablado y escrito sobre las políticas que el gobierno de Roosevelt implementó a partir de la depresión económica de los treinta. En mi opinión, esa sucesión de eventos marca claramente políticas que deben evitarse en esta ocasión.

Como dije en mi escrito anterior, a pesar de que el desplome bursátil ocurrió en 1929, no fue sino hasta 1937 que se colapsó la producción industrial estadounidense. Un excelente artículo de George Will en el Washington Post (New new deal won’t help the economy; Noviembre 30, 08) describe algunos de los graves errores cometidos por Hoover primero y Roosevelt después. Will hace referencia a Amity Shlaes del Consejo de Relaciones Internacionales quien dice en “The Forgotten Man: A New History of the Great Depression” que el gobierno estadounidense asumió que el principal motivo del colapso en el consumo provenía de la baja remuneración de los asalariados.

Si se promovía la sindicalización de los trabajadores, seguramente eso se reflejaría en mayores sueldos y éstos inducirían mayor gasto en consumo. En vez de ayudar, la política de incrementar sueldos (sin que éstos tuvieran relación alguna con incrementos en la productividad) provocó una contracción en las utilidades de las empresas. Ésta causó una reducción en los niveles de inversión privada que se tradujeron en menores niveles de empleo.

El empleo sólo aumentó nuevamente hasta que Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial.

Un estudio de Harold Cole y Lee Oharian de UCLA estima que se hubiera podido salir de la depresión en 1936 y no hasta 1943 si el gobierno no hubiera incentivado a la cartelización de las industrias y a la sindicalización de los trabajadores, y que la política de Hoover de mantener los salarios nominales fijos contribuyó a retardar la recuperación.

El otro gran error en términos de política fiscal provino del temor a que el déficit fiscal se saliera totalmente de control. Esto llevó a que, en 1932, Hoover aumentara la tasa marginal de impuestos –de 25% a 63%- para el segmento más alto de ingresos. Esto provocó una caída aún mayor en los niveles de inversión.

Por el mismo motivo, en 1937 Roosevelt decidió reducir a la mitad el presupuesto del programa “Works Progress Administration” lo cual, junto con otras medidas de cautela fiscal, incrementó la severidad de la recesión. La historia, entonces, merece ser tomada en cuenta.

El reto parece estar en cómo aumentar el gasto público preservando –o incluso incrementando- la flexibilidad de la economía. La otra pregunta importante es si realmente debe haber preocupación porque el déficit fiscal esté creciendo en forma acelerada. En su artículo del diciembre 1, 2008 (Deficits and the Future, New York Times), el flamante Premio Nobel de economía Paul Krugman hace referencia al fallido intento del gobierno japonés de reducir el déficit fiscal en 1996, el cual provocó una reducción aún mayor de la inversión privada.

Según Krugman, si bien es usualmente deseable que los gobiernos traten de no gastar más de lo que obtienen de ingresos, en situaciones excepcionales como la actual es ésa la única solución razonable. Las tasas de interés -tanto cortas como largas- están a niveles históricamente bajos, y a pesar de ello hay altos niveles de capacidad instalada que se encuentra ociosa. Tanto las familias como las empresas están teniendo que reducir fuertemente su gasto, las primeras por los excesos cometidos, las segundas por la dificultad para utilizar capacidad ya instalada y por la escasez de crédito.

Ante este panorama, la única compensación para evitar un colapso de la economía es compensar con altos niveles de gasto público. Por ello, el tratar de estimular el consumo enviándoles nuevamente cheques a las familias estadounidenses puede ser un proceso poco efectivo. Esos recursos seguramente se utilizarían para aumentar el ahorro o para reducir los niveles de deuda de las familias; pero no acabarán en las cajas registradoras de las tiendas.

Los estadounidenses están viéndose forzados a redescubrir el ahorro en el momento en que es más necesario que gasten. En esta situación parece aplicar la plegaria de San Agustín: “señor, dame los dones de la castidad y de la continencia; pero todavía no”.

La solución en esta “trampa de liquidez ” es, entonces, un vigoroso gasto público. Y parte de la oportunidad histórica para la presidencia de Obama está en cómo y en qué gastar.

Mucho se ha dicho que la inversión en infraestructura no es una forma efectiva de estimular a la economía en un momento como este.

Se dice que es una forma lenta de gastar que no se derrama hacia el resto de la economía con suficiente rapidez. No estoy de acuerdo. Déjeme darle un ejemplo. El puerto de Nueva Orleans fue diezmado por el huracán Katrina hace un par de años. Este puerto no sólo está urgido de inversión para recuperar la capacidad que antes tenía, sino que enfrenta otro reto aún más apremiante.

La expansión del Canal de Panamá que entrará en función en el 2014 incrementará el tráfico de barcos hacia el Golfo de México, generando excelentes oportunidades para aquellos puertos que inviertan en mayor capacidad para manejar embarcaciones de gran tonelaje, para quienes tengan más aforo de almacenamiento y cuenten con mejor infraestructura para carga y descarga. Invertir en el puerto puede provocar gastos directos relacionados con la construcción en sí; pero, particularmente, ofrece una plataforma para el establecimiento de todo tipo de empresas comerciales, nacionales e internacionales, en la zona.

El puerto genera también necesidad de infraestructura ferroviaria y carretera, y puede convertirse en un foco de inversión para la vapuleada región.

¿Ha venido usted a Nueva York? Compare el aeropuerto Laguardia con un aeropuerto en Malasia o Singapur; compare el metro neoyorquino con el de Beijing.

Estados Unidos ha tenido el lujo de que por siglos no ha tenido una guerra en su territorio, mientras que la infraestructura europea fue totalmente destruida en la Segunda Guerra Mundial.

Esto, sin embargo, ha llevado a que infraestructura que se desarrolló en el Siglo XIX, como el puente de Brooklyn o el metro de Nueva York, sigan utilizándose con mínimas inversiones para modernizarlos.

La enorme necesidad de gasto provee una oportunidad única para sentar las bases para el desarrollo económico del Siglo XXI.

Pero hasta ahora sigo sin decir por qué Obama me da esa peligrosa esperanza.

En su campaña él habló de incrementar impuestos para quienes ganan más de 200 mil dólares. Dijo, también, que había que dejar de temerle a la sindicalización de los trabajadores estadounidenses, y habló de renegociar el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte. Eso ahora parece retórica electoral pues tiene poca relación con lo que está haciendo.

¿Es posible que Obama haya hecho una campaña desde la izquierda y que fundamentalmente sea un “centrista de closet”? Si es así, lo celebro.

Sorprendentemente, en medio de la súplica proveniente de las tres empresas fabricantes de automóviles estadounidenses, Obama se atrevió a hablar de la necesidad de revisar las apretadas condiciones sindicales en las que éstas han estado forzadas a funcionar. Escuchar esto de un recién electo candidato demócrata no deja de ser un gesto de audacia.

Posteriormente, al salir a defender la imperiosa necesidad de incrementar el gasto público, dijo que era importante eliminar subsidios sin sentido como el que por más de siete décadas se le ha dado a los agricultores estadounidenses.

En estricto sentido, sugerir eliminar ese colosal y grotesco subsidio va en contra del argumento de incrementar el gasto.

Sin embargo, Obama se da cuenta de que es éste el momento cuando temas tan controversiales como ese pueden ponerse sobre la mesa.

En una situación de crecimiento y estabilidad, el costo político que hubiera provenido del cabildeo de las grandes empresas agrícolas hubiera sido enorme. En este momento, parece más que razonable cuestionar la lógica de un subsidio tan caro.

Rahm Emanuel, jefe de gabinete de Obama, articuló una de las mejores frases que he escuchado en años: “nunca dejes que una crisis se acabe desperdiciando”.

No sólo parecen dispuestos a aprovechar la poco usual oportunidad, sino que están preparados a cuestionarlo todo.

Se muestran también inmunes a la decepción en las entrañas del ala más fundamentalista dentro del Partido Demócrata que quisiera haber visto personajes más “de izquierda” en el gabinete. En mi opinión, los recientes nombramientos de Obama son un dechado de pragmatismo, pero también denotan madurez e inteligencia.

Como me dijo un amigo: “Obama sabe ganar”.

Veamos algunos ejemplos. Para la Secretaría del Tesoro nombró a Tim Geithner, un no-economista, pero con amplia experiencia en los mercados, y con una sólida reputación como comunicador. ¿Por qué no eligió a un académico prestigioso como Larry Summers? Porque la reputación de éste es que si se le pusiera Albert Einstein enfrente, aun con él sería condescendiente.

En este momento, se requiere de alguien que pueda plantarse frente al congreso o frente al pueblo estadounidense para –con humildad- explicar qué está pasando, para convencer y negociar. Sin embargo, puso a Summers y a Christina Rommer detrás del escenario, pues ofrecen sólido apoyo intelectual y académico.

En el gabinete de seguridad hizo algo similar. Pone a Hillary Clinton a cargo de la Secretaría de Estado, con el pragmatismo implícito en darle la posición de más prestigio en el gabinete a su acérrima rival por la nominación demócrata, y construye la posibilidad de utilizar el estatus de “celebridad” que goza la ex primera dama.

Hillary trae a la mesa el acervo de ocho años en la Casa Blanca, la red internacional acumulada después de viajar a más de ochenta países en ese período -sola o con su marido- y aporta también la popularidad internacional del ex presidente.

Detrás de ella, sin embargo, deja a Robert Gates, republicano y cercano a la familia Bush, como Secretario de Defensa aprovechando el respeto que éste goza con las fuerzas armadas, y nombra a Jim Jones Consjero de Seguridad Nacional, a pesar de que Jones hizo recientemente campaña con John McCain. ¿Por qué Jones? Porque es un muy respetado general retirado con una trayectoria impecable, habiendo estado al mando de la OTAN.

El general aporta, además, amplísimos conocimientos en materia de energía y de Medio Oriente.

Por si tanto pragmatismo no fuese suficiente, Obama enfatiza durante los nombramientos que quiere un equipo de personalidades fuertes, de gente con opiniones firmes y bien fundamentadas que estén en desacuerdo con él, que manifiesten sus ideas, que debatan; pero, dejó claro, “la decisión final la tomo solamente yo”.

Después de que el mundo padeció un gobierno estadounidense lleno de arrogancia e ignorancia, con un equipo poco funcional que reflejó altos niveles de conflicto interno, y que produjo una política que provocó polarización, falta de cooperación y aislamiento, Obama empieza bien.

Como me dijo un amigo, la esperanza fue lo último que quedó en la caja de Pandora después de que salieron de ésta todos los males y enfermedades.

Es un sentimiento con enorme potencial y, por ende peligroso. Hoy, sin embargo, me atrevo a abrazarla.

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