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Para aquellos más jóvenes que yo, un segmento de la población que obviamente crece dÃa con dÃa, el personaje de Lassie fue creado en 1938 para una serie de historias escritas en el "Saturday Evening Post", de las que derivaron libros, series de radio, pelÃculas y –particularmente- uno de los programas de televisión más exitosos en la historia, que se transmitió sin interrupción entre 1954 y 1973 en Estados Unidos y, eventualmente, en buena parte del mundo.
Otras series menos exitosas trataron de revivir al personaje en los ochenta y noventa del personaje Lassie, una inteligente perra collie.
El común denominador de las historias alrededor del personaje es que los humanos –niños, ancianos, buenos o malos- se meten en uno u otro tipo de problema que los pone en enorme peligro, y la inteligente perra llega, tarde o temprano, al rescate.
¿No le suena a la actitud que ha decidido adoptar el gobierno estadounidense?
Ellos son como la heroica perrita. Llegarán a salvar el dÃa cuando todos hayamos perdido la esperanza, y después viviremos tranquilos y agradecidos de contar con tan fiel protector.
La diferencia entre Lassie y el gobierno, sin embargo, está en que al lograr osados rescates, la perrita se estaba jugando el pellejo.
El gobierno, desafortunadamente, hace sus espectaculares maniobras utilizando recursos que provienen de nosotros, los inocentes contribuyentes.
En momentos complicados como el actual, a los polÃticos se les hace agua la boca pues pueden fraguar su carrera polÃtica como el militar que recibe medallas por heroÃsmo en el campo de batalla.
Los mercados, por ende, siempre le han resultado incómodos.
Cuando se está en la fase positiva del ciclo económico, nunca falta el mal agradecido que se resiste a darle el mérito de la prosperidad y crecimiento al polÃtico e insiste en decir que se trata simplemente de que estamos en la parte buena del ciclo.
Cuando se está en la parte recesiva del mismo, otros tantos insistirán en echarles la culpa aunque poco puedan hacer para salir del atolladero.
Lo ideal para ellos serÃa que les diéramos crédito por todo lo bueno que pasa, y que estuviéramos agradecidos por su estoico –aunque inútil- esfuerzo en los momentos malos.
Me recuerdan un poco a lo que los sacerdotes mayas hacÃan hace siglos. Grandes conocedores de la astronomÃa, pronosticaban con gran precisión cuándo ocurrirÃa, por ejemplo, un eclipse solar.
Juntaban al pueblo cuando éste iba a ocurrir, y después hacÃan como si ellos fueran quienes lo estuvieran provocando.
Después de tan evidente despliegue, nadie pondrÃa en duda su autoridad y poderÃo.
El equivalente de tal desplante en nuestros dÃas es cuando un polÃtico toma el crédito por la fase de crecimiento económico en un ciclo con el cual él nada tuvo que ver.
¿Recuerda usted el inicio de la presidencia de Bill Clinton? Se benefició de que le tocara la fase expansiva después de que George Bush perdió las elecciones porque la gente le cobró el deterioro económico al final de su administración.
Ni él tuvo la culpa, ni Clinton tuvo el mérito, pero la gente actuó igual que quienes vieron el eclipse, viéndolos como los artÃfices de algo que se hubiera dado con o sin su existencia.
La primera vez que fui testigo de una burbuja reventando en los merados financieros fue en octubre de 1987.
Si bien ésta se desarrolló y colapsó globalmente, el mercado mexicano –donde yo trabajaba- fue afectado mucho más que los mercados desarrollados.
Después de una robusta alza, el mercado accionario habrÃa de perder algo asà como 85% de su valor antes de tocar fondo. Lo que me pareció fascinante en aquel momento fue la participación de los polÃticos antes y después del traumático suceso.
La intermediación bursátil en México en la década de los ochenta habÃa surgido gracias a la poca afortunada decisión del presidente José López Portillo de nacionalizar la banca en 1982, su último año de gobierno.
Su sucesor –Miguel de la Madrid- quien ya como presidente electo se habÃa enterado de la decisión de nacionalizar horas antes del informe presidencial en el cual ésta se iba a anunciar, estaba absolutamente en contra de hacerlo.
Por ello, cuando tomó posesión como presidente, estableció con claridad que la nacionalización sólo se referÃa a los bancos en sà y no a las empresas propiedad de los bancos; entre ellas, estaban las casas de bolsa.
El sector bursátil surgió entonces como un intermediario financiero privado alternativo a la banca estatal.
Parte de los recursos provenientes del pago que el gobierno hizo a los accionistas de los bancos en el proceso de enajenación fue a capitalizar a las casas de bolsa que, en pocos años, pasaron de ser un intermediario marginal a tener alrededor de un tercio de la intermediación financiera.
Dada su historia, las casas de bolsa en los ochenta no eran intermediarios financieros que buscaran captar ahorro en forma masiva.
TÃpicamente, recibÃan sólo a inversionistas relativamente grandes que estaban interesados en invertir en bonos y acciones.
Sin embargo, el fuerte crecimiento que tuvo la bolsa en 1986 y principios de 1987 llevó a que los polÃticos empezaran a clamar que “el pueblo†pudiera participar de la bonanza.
Eran los ricos malos quienes, debido a las injustas exigencias de un mÃnimo valor en las cuentas para inversión en bolsa, hacÃan que los únicos que se beneficiaban por participar en tan fructÃfero club eran ellos mismos.
Los reguladores forzaron a que casas de bolsa, que no tenÃan la infraestructura para atender a inversionistas en forma masiva, aceptaran cuentas pequeñas.
Cuando la bolsa se desplomó en octubre de 1987, los principales perdedores fueron los pequeños ahorradores quienes invirtieron en valores que no entendÃan, asumiendo riesgos excesivos, considerando que estaban invirtiendo dinero que necesitaban para su gasto corriente.
Una vez que la bolsa reventó y la gente perdió, los mismos polÃticos que clamaban justicia pidiendo que se dejara invertir al pueblo, exigÃan después que se castigara a los culpables de la pérdida.
Una de las joyas que oà en aquella época provino de un diputado de un partido de izquierda que dijo algo asà como: “antes de la caÃda, la capitalización de la bolsa valÃa cien mil millones (por decir un número cualquiera), después valÃa quince mil millones.
Alguien se robó ochenta y cinco mil millones y hay que encontrarloâ€, mostrando un “profundo†conocimiento de los mercados y de la aritmética.
Algo casi idéntico pasó con la crisis “subprime†americana. Una buena parte del problema fue originado por presión que provino de polÃticos que querÃan que se desarrollaran esquemas para permitir que gente de bajos recursos tuviera acceso a crédito hipotecario para poder comprar una casa.
A la gente se le vendió el espejismo de un crédito transitoriamente barato para hacerse de un activo cuyo precio estarÃa permanentemente al alza. El desenlace lo conocemos.
Ahora el esquema ha reventado. Los polÃticos, con la sonrisa en la boca, ven el entorno que les gusta.
Por un lado, pueden cubrirse de gloria al echarle la culpa a los voraces banqueros y salir a salvar a los inocentes deudores hipotecarios que fueron timados para tomar créditos que no entendÃan.
Buscan desarrollar formas de que se le perdone la deuda a la gente, o se reduzca su costo, sin darse cuenta de que al hacerlo ponen en peligro esquemas de titularización de crédito hipotecario que ha tomado décadas desarrollar.
Por otro lado, buscan quedar bien con quienes tienen bonos y acciones, generando la ilusión de que harán hasta lo imposible por salir a rescatar a los mercados y a las instituciones en peligro.
Lassie sale al rescate y, al salir a salvar con su limitado intelecto canino, pone en peligro a los cimientos de la economÃa capitalista que más ha evolucionado en el último siglo.
Ya durante el rescate de Bear Stearns se recurrió a herramientas cuestionables y poco transparentes.
Una de las más escandalosas fue la creación de un SPV (siglas en inglés de un “vehÃculo para un propósito especialâ€) constituido en Delaware para guardar ahà treinta mil millones de dólares de activos tóxicos del banco, que no sabÃan dónde meter.
Como quien barre la basura debajo del tapete, mientras no esté a la vista, haremos como que no existe.
Ahora, el pretendido rescate de las gigantescas empresas de patrocinio estatal Fannie Mae y Freddie Mac, amenaza con poner en tela de juicio a la autonomÃa del banco central estadounidense.
Después de que los polÃticos forzaron a estas instituciones privadas a salirse de su mandato original para ir a comprar hipotecas de baja calidad en el mercado, su excesivo apalancamiento (noventa veces su capital) las pone en riesgo de quiebra.
Un rescate equivale, más o menos, a decir que cuando hay dividendos éstos son para los accionistas privados, pero cuando hay pérdidas éstas las asume el contribuyente; el epÃtome del daño moral y la antÃtesis del capitalismo.
Ya lo decÃa el economista Allan Meltzer: “el capitalismo sin fracaso es como la religión sin pecado, simplemente no funcionaâ€.
El principal mecanismo para que funcione cualquier mercado es el precio.
En los mercados financieros, los precios de los activos reflejan el riesgo que se asume al tenerlos, a mayor riesgo mayor rentabilidad potencial.
Si en el extremo se cancela la posibilidad de que haya pérdida –o de que alguien quiebre- pierde sentido que una inversión segura sea cara y dé posibilidades de rendimiento bajo, y una inversión riesgosa sea barata y ofrezca una rentabilidad potencialmente alta.
El efecto del errático sÃndrome de Lassie que ha desarrollado el gobierno estadounidense tendrá una larga secuela.
El colosal costo fiscal que acabarán pagando una vez que acaben de rescatar a cuanto lo pida, llevará a que la regulación de instituciones financieras se vuelva exagerada y costosa.
Sufrirá la rentabilidad de éstas y éso encarece el crédito para todos.
Adicionalmente, conforme el déficit fiscal crezca aceleradamente, el gobierno tendrá necesidad de emitir deuda para financiarlo, haciendo más caro y más difÃcil que entidades privadas compitan con éste por crédito.
Si las tasas de interés son más altas, a la larga el crecimiento es más bajo.
Es, a todas luces, escandaloso que la errática intervención gubernamental se dé bajo la vigilancia de una administración republicana que debiera –al menos en papel- ser claramente pro-mercado.
Sin embargo, las nuevas medidas que se van adoptando todos los dÃas son unas más ridÃculas que otras.
En un desesperado intento por encontrar culpables, los gobiernos ahora asumen el papel de inquisidores señalando a los especuladores como el origen de todos los males.
Para castigarlos, ahora se intenta regular, limitando el uso de operaciones especulativas.
Este es el lugar común en el que caen los polÃticos cuando las burbujas financieras revientan.
Siguen sin darse cuenta de que el especulador es el mejor amigo del mercado, pues permite que los inversionistas tengan liquidez tanto al alza como a la baja (particularmente cuando los especuladores salen a cubrir posiciones cortas).
Como se dice comúnmente, el especulador tiene poca influencia en el nivel que los precios alcanzarán a largo plazo, si bien pueden influir en que se llegue ahà más rápido.
Decir que los precios del petróleo, por ejemplo, suben porque aumenta la especulación es falso.
En efecto, hay enorme participación de especuladores en los mercados de futuro, pero éstos implican una operación que se hace en efectivo sin que se genere demanda adicional por barriles de petróleo.
En el caso del mercado del nÃquel, por ejemplo, la operación en los mercados de futuro ha crecido exponencialmente, y el precio del metal está a la mitad de lo que estaba hace un año.
Igualmente, el precio del arroz ha subido fuertemente, a pesar de que no se transa en los mercados de futuros (The Economist: Don’t blame the speculators; julio 3, 2008).
Si se regula contra la “especulaciónâ€, se le quitará a los productores un mercado que les permite vender producción futura a precios conocidos, permitiendo tener acceso a crédito, por ejemplo, lo cual se refleja en menores costos de producción.
Evidentemente, uno de los factores que hace más peligrosa la combinación de eventos que ha puesto de rodillas a las instituciones financieras globales es el hecho de que esta crisis esté ocurriendo en medio de un año electoral en Estados Unidos.
La de por sà miope actitud de los polÃticos será exacerbada por la necesidad de ganar capital polÃtico de corto plazo en medio de la crisis.
El peligro está en que, como el pueblo maya que veÃa boquiabierto el “poder†de los sacerdotes, creamos que todo lo que están haciendo los polÃticos es por nuestro bien, y no veamos que se cubren de gloria gastando nuestro dinero, y poniendo en riesgo un largo plazo que será prometedor si simplemente se deja a los mercados en paz.
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