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Jorge Suárez-Vélez
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Los créditos bumerang

27 de junio de 2008, 06:21 AM

Estoy convencido de que 74.6% de todas las estadísticas son totalmente inútiles. Habiendo dicho esto, deje darle una: Estados Unidos es el país con más abogados del mundo, uno por cada 265 habitantes. Brasil ocupa el segundo lugar con uno por cada 326; mientras que Francia, por ejemplo, tiene uno por 1,403; Japón uno por cada 8,195 y Corea tan sólo uno por 15,748.

A pesar de que hay, entonces, más de un millón ciento cincuenta mil abogados en los Estados Unidos, no me cabe duda de que este año no les va a faltar qué hacer.

En enero tuve la oportunidad de hacer una presentación en mi alma mater, el ITAM en la Ciudad de México, y dije –entre muchas otras cosas- que 2008 sería el año de los abogados. Partiendo de la base de que JP Morgan creó provisiones por siete mil millones de dólares para gastos legales cuando adquirió Bear Stearns, parece que no me equivoqué.

Sin embargo, nuestros amigos abogados no deben preocuparse pues van a haber muchas más fuentes de negocio para ellos. Una oportunidad clara se ha empezado a generar en las más de 600 demandas contra originadores de hipotecas, que ya han llegado a las cortes.

Desafortunadamente, aquellos que están ansiosos por declarar que la crisis inmobiliaria ha tocado fondo, tendrán que guardar el conffeti por un rato largo; falta mucha madeja por desenredar. La primera etapa del ajuste fue originada por problemas ocasionados por hipotecas hechas a tasas ajustables, o donde el deudor carece de la solvencia para hacer frente a su obligación. La segunda provendrá de aquellos a quienes la papa caliente les ha quemado las manos, y ahora comienzan a preguntarse a quién se le ocurrió hervir la papa, para empezar.

Evito repetir la detallada explicación del proceso de titularización o bursatilización de hipotecas de la cual he hablado extensamente en otros escritos. En resumen, imagínese que el Sr. Smith que vive en Miami decidió comprar una casa. Seguramente, una vez que encontró la casa de sus sueños, recurrió a pedirle a un corredor de hipotecas que le consiguiera el mejor crédito posible con los bancos. Éstos compiten entre sí y el Bank of South Florida, por inventar un nombre, otorga el crédito.

Una vez que lo otorgó, muy probablemente se lo vende, junto con muchos otros, a alguna empresa como Fannie Mae o Freddie Mac que recurren a emitir un bono con garantía hipotecaria. Esto implica que los pagos que mensualmente haga el Sr. Smith se juntarán con los pagos de muchos otros deudores con hipotecas similares, y de ahí saldrá el dinero que recibirán mensualmente quienes hayan comprado esos bonos hipotecarios en el mercado.

El problema comienza cuando el Sr. Smith no paga y le ocasiona problemas al emisor del bono hipotecario. Es fundamental preguntarnos por qué se dejó de pagar. Lo que ha llamado la atención es que en muchos casos los contratos para contratar las hipotecas se generaron a partir de información falsa. Usualmente, fueron los corredores de hipotecas quienes orientaban al comprador sobre cómo alterar algunos datos relevantes, como recurso para abaratar el préstamo ofrecido por los bancos o mejorar la probabilidad de obtenerlo. Evidentemente, confiaban que era tan alto el número de créditos en proceso de aprobación por los bancos, y tanto el apetito de éstos por las comisiones provenientes de generar la transacción de crédito, que difícilmente revisarían la documentación recibida para asegurarse de su veracidad.

Las mentiras más comunes para sesgar el análisis a favor del deudor eran exagerar su nivel de ingreso, falsear su información de empleo y hacer parecer que la compra de una propiedad era con la finalidad de hacerla la residencia primaria del deudor, cuando en muchas ocasiones era una segunda casa o un inmueble comprado con fines puramente especulativos. El hacerla aparecer como residencia primaria también ofrece acceso a ciertas deducciones fiscales que hacen la transacción aún más atractiva.

Curiosamente –o no tanto- el contrato original tiene provisiones claras que fuerzan a que el banco que originó el crédito lo tenga que recomprar si se demuestra que hubo negligencia en el proceso de originación. Si consideramos que hubo 2.000 millones de dólares de emisiones privadas titularizadas entre 2005 y 2007, es considerable el potencial de pérdidas para los bancos por concepto de recompras de hipotecas morosas mal originadas. Es preocupante observar también que así como los bancos se fueron haciendo de reservas para enfrentar el problema de hipotecas de baja calidad (“subprimeâ€), no se creó reservas ante la contingencia del nuevo problema potencial.

Se estima que hasta la mitad de las hipotecas que han dejado de pagarse en el mercado pueden presentar algún nivel de deficiencia en la documentación que las originó. De ser así, podría haber más de cien mil millones de dólares de nuevas pérdidas posibles para los bancos, eso sin considerar los costos legales. Los ganadores, una vez más, serán los abogados que representarán tanto a vencedores como a vencidos en un proceso para tratar de asignar culpas y de recuperar de lo perdido lo que aparezca.

Este tipo de problema constituye una evidencia incontrovertible de que el proceso para originar crédito es deficiente. El hecho que la utilidad para quien origina la transacción provenga exclusivamente de la comisión por cerrar un negocio y no tenga relación alguna con la calidad del crédito –o con que la relación entre la calidad y el costo de éste haga sentido- engendra un problema que afecta a todo el sistema. Adicionalmente, es difícil pedirle a entidades fiduciarias que representan el interés de quienes compran los bonos que hagan un proceso riguroso de verificación, dado que éstas se quedan sólo con .01% de los ingresos devengados por el negocio.

En mi opinión, el principal impacto de que haya salido el problema a la luz será que los reguladores incrementarán la responsabilidad legal de cada eslabón de la cadena crediticia. Esto provocará, primero, que el proceso para el otorgamiento de una hipoteca sea más lento; segundo, que sea más caro. Como siempre ocurre, las medidas que ahora se tomarán para evitar que se vuelva a presentar una crisis similar, son precisamente las que harán que se profundice la crisis actual y que escaseen los recursos necesarios para que quienes están dispuestos a zambullirse en el mercado y tomar el riesgo, salgan a comprar.

Es imposible saber cuánta limpieza aún les queda a los bancos por hacer. El número final dependerá en gran parte de la magnitud y duración de la corrección económica y del tamaño del ajuste en los precios de los inmuebles.

Podemos afirmar, mientras tanto, que conforme sigan sufriendo golpe tras golpe a su capital, limitarán su apetito por riesgo y su capacidad para otorgar créditos nuevos. Es también enteramente posible que la obtención de crédito se encarecerá conforme los bancos requieran de mayor premio para justificar la toma de riesgo y para solventar el mayor costo de ejecución. Si los precios de alimentos y combustibles no bajan, un entorno claramente inflacionario apuntalará este proceso que también llevará a que la curva se haga más pronunciada; en castellano: hará que sean proporcionalmente más altas las tasas de bonos e instrumentos de crédito conforme los plazos sean más largos.

Esto tendrá un efecto determinante en la actividad económica no sólo en los Estados Unidos, sino en todo el mundo.

La combinación de la falta de disponibilidad de crédito con la inminente contracción en el consumo estadounidense, en mi opinión, no está plenamente incorporada en las expectativas de los analistas. Como he dicho antes, hay que tener paciencia. La historia recordará esta crisis como una que no fue particularmente devastadora en términos de provocar una fuerte contracción en la economía mundial, pero sí inusualmente larga.

Como he dicho antes, la burbuja en el mercado inmobiliario fue de lenta y prolongada creación. Pensar que se limpiará de la noche a la mañana es extremadamente inocente. Lo que es un hecho es que los bancos han aprendido la lección de que un mal crédito, como un buen bumerang, acaba regresando de una u otra forma a las manos –o a los libros- de quien lo arrojó.

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