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Jorge Suárez-Vélez
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Credo del Señor Contreras

9 de mayo de 2008, 04:00 AM

El otro día, un amigo que hablaba sobre lo que típicamente escribo en este espacio, me decía en Buenos Aires que le parece que me gusta llevar la contraria.

Como era de esperarse, le dije que no estaba de acuerdo; pero después me quedé pensando que cuando era niño mi mamá siempre me decía lo mismo, amenazando con cambiar mi nombre a Jorge Contreras.

Quizá algo hay de cierto en lo que dice mi amigo. No estoy seguro de si mi reacción de reflejo es de hecho asumir la posición opuesta a la que veo que los otros toman, o si naturalmente trato de encontrar la debilidad en una posición cuando ésta es asumida casi dogmáticamente por la mayoría.

Me enferma que se crea que hay reglas infalibles en materia económica o en temas de inversión. Si esto fuera así, bastaría con seguirlas como recetas de cocina. “Si la bolsa va a la baja en más de 5% en un período de ocho semanas, baje las tasas de interés en un cuarto de punto porcentual, agregue una taza de agua, dos cucharitas de azúcar y deje marinar, agite la mezcla y en unas horas tendrá una rica alza en el mercado que compensará la totalidad de la bajaâ€.

Nunca, nada es así. La solución que una vez funciona para ayudar en una crisis, resulta inefectiva en un entorno diferente. Son tantas las variables que interactúan entre sí que es imposible predecir a ciencia cierta cómo se reaccionará a diferentes estímulos o a diferentes problemas; particularmente, porque hay un enorme componente de comportamiento humano que garantiza que cada crisis y cada resolución de éstas es y será siempre distinta.

Lo que siempre se da, sin embargo, es el ciclo económico; con diferentes manifestaciones y longitudes de períodos de auge y recesión, unos importantes por la capacidad de crear riqueza, y otros como vitales recordatorios de la necesidad de asignar recursos en forma inteligente. En general, me manifiesto escéptico con respecto a que sea posible “evitar†la fase recesiva por medio de acción gubernamental.

Esa posición keynesiana que sobreestima la capacidad que tienen medidas de política monetaria o fiscal para provocar cambios de largo plazo, ha sido uno de los elementos más nocivos para dar sustento ideológico a infinidad de políticos populistas que venden el espejismo de las soluciones mágicas, como una alternativa a las lentas y dolorosas acciones cuya suma puede poco a poco hacer una diferencia real de largo plazo.

Por ende, la “solución†a la crisis hipotecaria no pasa por regular más o por congelar las tasas de las hipotecas; pero nadie se atreve a proponer simplemente dejar que los precios bajen hasta donde tengan que bajar para permitir que una nueva oleada de compradores surja una vez que los precios de éstas tenga una relación lógica con los niveles de ingresos del potencial comprador.

Esto evitaría que se éste se tenga que endeudar a niveles peligrosos, aunque llevaría a que quienes se endeudaron mucho más allá de lo razonable, pierdan su casa.

Nos compadecemos del pobre tipo que se endeudó hasta la coronilla y vivió mucho más allá de sus posibilidades, pero no nos preocupamos del tipo responsable y serio que se ha rehusado a comprar una casa porque le parece que tendría que asumir niveles de endeudamiento desproporcionados.

¿Es más grave el caso de quien pierde la casa que nunca debió comprar, o el de quien no ha podido hacerse de una casa porque los precios se han mantenido artificialmente en la estratósfera como consecuencia de demanda basada en prácticas absurdas de crédito?

Mientras tanto, le detallo mi “credo†orgullosamente “contrerasâ€.

No, no pienso –por mucho- que la crisis ya tocó fondo, no creo que los precios de las materias primas desafiarán eternamente a la ley de gravedad, no estoy de acuerdo con que el euro sea la moneda del futuro o con que la dominancia del dólar estadounidense sea cosa del pasado, no creo que la inflación acabará dominando al mundo, no creo que el etanol vaya a sustituir al petróleo como energético (ni siquiera pienso que será un componente relevante en los próximos diez años), no creo que China sea la potencia que reemplazará a los Estados Unidos (al menos, no en lo que me queda de vida y no tengo planes de dejar de estar en el planeta en los próximos 50 años).

¿Logré escandalizarlo? (reconozco, de paso, que el proceso de escandalizar a los creyentes dogmáticos también me provoca cierto placer).

Déjeme desarrollar un poco a qué me refiero. Con respecto a la crisis, como he dicho en escritos anteriores, creo que apenas está terminando la primera etapa de tres. Sí, seguimos en pie; pero la siguiente fase del huracán le pegará a muchas estructuras que han sido seriamente debilitadas.

¿Vio usted las películas de Rocky? Aún en aquellas en las que ganó la pelea final, el pobre quedó en un estado deplorable.

Después de lo que viene, la economía seguirá viva y viable, pero tendrá un ojo moro, la nariz rota y un par de moretones en las costillas. A diferencia de Rocky, si se hacen las cosas bien -y no se cae presa del populismo- es incluso posible que la recesión provea de una poda que era muy necesaria para que la economía recupere su realismo y competitividad.

Pero, como también he dicho antes, no creo que el problema será inflación; al menos, no a largo plazo.

La primera etapa del proceso provino del impacto una crisis financiera en la economía (por la deuda “subprimeâ€), ahora viene el efecto de la crisis económica en las finanzas.

Por el crecimiento en el desempleo, habrá problemas con todo tipo de crédito al consumo. Por la escasez de crédito, habrá un desplome en el gasto en consumo en Estados Unidos (que asciende a 72% del tamaño total de la economía estadounidense y a 17% del de la economía mundial).

¿Por qué no ha empezado la contracción en el consumo? Porque la gente cree que la recesión está tocando fondo y que pronto se recuperará la “normalidadâ€-precios de los inmuebles al alza, empleo abundante, crecimiento alto, etc.-.

Por ello, creen que pueden recurrir a endeudarse hasta la coronilla pues pronto empezarán a pagar su deuda.

El problema está en que están recurriendo al crédito más caro y peligroso, porque es el único al que tienen acceso: a las tarjetas de crédito.

En el mes de marzo, los bancos estadounidenses reportaron un crecimiento en el uso de crédito revolvente (tarjetas de crédito) por 6.300 millones de dólares, crecimiento a una tasa anual de 7.9% (en marzo era 5%).

El crédito al consumo se expandió a un paso sin precedente, creciendo en 15.300 millones de dólares en marzo (6.500 millones en febrero. Lo más alarmante es el fuerte crecimiento en la utilización de la tarjeta de crédito para pagar por comida y por combustible. Le hago la pregunta del millón.

¿Cuál cree usted que sea la probabilidad de que los bancos podrán cobrar esta reciente explosión en el uso de las tarjetas de crédito?

¡Pero la caballería ya llegó al rescate! La Reserva Federal bajó las tasas de referencia de 5,25% a 2% y “siempre†que bajan la tasa, la economía comienza a crecer.

No esta vez. Las tasas bajan y bajan, y el costo del crédito que podría recibir una empresa típica sube y sube.

Los bancos no tienen capacidad para dar crédito y aunque la tuvieran están viendo un deterioro tan rápido de su cartera crediticia que están subiendo los “spreads†(el diferencial que cobran por encima del costo al cual ellos consiguen recursos) por más de lo que las tasas de referencia bajan.

Según un excelente estudio de David Rosenberg, de Merrill Lynch, los bancos simultáneamente están aumentando el costo del crédito a las empresas grandes y a las empresas pequeñas, reduciendo la disponibilidad de crédito en general, reduciendo las líneas para tarjetas de crédito (y aumentando su costo), y reduciendo la disponibilidad de crédito para inmuebles comerciales.

El efecto real de bajar la tasa de interés en la economía es relevante sólo porque Wall Street se emociona, pero no porque vaya a tener un impacto trascendente en la recuperación; no en medio de una crisis crediticia. Una vez que se agote el último reducto de crédito –las tarjetas- veremos una contracción sin precedente en el consumo.

Me resulta, por eso, difícil concebir un entorno inflacionario si el gasto en consumo se desploma.

Por si fuera poco, acabamos de ver un poco usual incremento en la productividad –a un ritmo anual de 3.2%- en el primer trimestre.

Esto es extraordinario en esta parte del ciclo económico donde el consumo cae y las empresas tienen que adaptarse recortando costos. Esta variable permite moderar el crecimiento en el costo unitario del trabajo. Es decir, aunque los salarios suban, dado que los empleados producen más, no es necesario reflejar la totalidad de los incrementos en el costo del empleo sobre los precios de lo que se produce.

Imagínese una empresa en que los salarios subieran 5%, pero los trabajadores produjeran 5% más en el mismo período; no habría necesidad alguna de subir los precios de lo producido, a pesar de haber aumentado salarios.

Coherentemente con una recesión, sin embargo, sí vimos una disminución en las horas promedio que trabajó un empleado durante el primer trimestre.

La inflación es un problema en entornos donde el costo del trabajo aumenta y es difícil subir los precios de lo que vendo si nadie está en el otro lado del mostrador para comprarlo.

Sí, siempre puede haber un incremento en los costos de mis insumos pero -hasta cierto punto- si no hay demanda, estaré dispuesto a reducir mi margen de utilidad para evitar subir el precio de lo que vendo.

Claramente, si los precios del petróleo llegan a 200, como dicen algunos analistas, y si continúa la escasez de alimentos, ambas variables tendrán un impacto negativo en el costo de vida de la gente.

La semana próxima hablaré sobre por qué creo que en algún momento veremos una fuerte contracción en el precio de algunas materias primas.

También, hablaré un poco más sobre el dilema del dólar contra el euro.

Y, créame, nada de lo que le digo es con la simple intención de llevar la contra; por agradable que a veces sea hacerlo.

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