FinanzasNoticiasOpinionInversión sin fronteras › Hasta los gatos muertos rebotan
Inversión sin fronteras


Jorge Suárez-Vélez
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Hasta los gatos muertos rebotan

11 de abril de 2008, 04:00 AM

La semana pasada vimos una fuerte alza de 3,2% en el índice S&P 500 que llenó de alegría a los optimistas crónicos.

No quiero llover en su día de campo, pero de las 71 grandes alzas en un día que han ocurrido desde la Segunda Guerra Mundial, la mayoría han sido en “bear markets†(mercados con tendencia de largo plazo a la baja) y no en “bull markets†(mercados con tendencia al alza).

Parte de la explicación, de hecho, proviene de las posiciones cortas.

Éstas estaban en el punto más alto desde 1931, antes de la fuerte alza del primero de abril (Cembalest, Michael; JP Morgan: Eye on the Market, abril 2, 2008).

Déjeme explicar la relación entre una cosa y otra, y pido la paciencia de quienes ya están familiarizados con el concepto de “open interest†(posiciones cortas).

Si un inversionista es pesimista en cuanto al futuro del mercado, una alternativa para tratar de ganar dinero es vender en corto.

Déjeme darle un ejemplo. Imagínese que usted quiere vender acciones de la empresa XYZ en corto, porque cree que es posible que el precio de éstas baje en el mercado.

Para hacer la transacción, usted tendrá que encontrar a alguien que tenga acciones de XYZ en su portafolio y que esté dispuesto a prestárselas, a cambio de un costo razonable.

Usted inmediatamente venderá las acciones que le acaban de prestar, digamos a 10 dólares, el precio en ese momento.

Tres meses después, el precio de la acción ha bajado, por ejemplo, a 8 dólares.

Usted recurrirá a recomprar a ese precio el mismo número de acciones que vendió, y se las regresa a quien se las prestó; como consecuencia de la operación, se mete al bolsillo dos dólares por cada acción.

Lo que dije, entonces, es que el valor de las posiciones cortas en el mercado estaba en el punto más alto en 77 años.

En un entorno así, los inversionistas con estas posiciones se ponen nerviosos porque saben que para cerrar su corto tendrán que competir con todos los otros inversionistas que eventualmente saldrán a comprar acciones para cerrar los de ellos.

Por éso, es de enorme relevancia el saber que había tantos cortos abiertos, antes de echar campanas al vuelo pensando que el mercado ha tocado fondo y que no hay que quedarse afuera del mercado.

Aún mercados claramente a la baja pueden tener períodos de alza.

Como dicen, si usted arroja el cuerpo de un gato muerto desde el tercer piso, éste rebotará; pero esa no es una señal de que el gato esté vivo.

Habiendo dicho lo anterior, estoy también convencido de que es imposible intentar optimizar el punto de entrada a cualquier mercado cuando los precios de éste toquen su punto mínimo; de la misma manera que lo es tratar de vender en el punto más alto. Si usted lo logra algún día, será producto de la suerte.

Existe un alto grado de confusión en este momento. Se dicen absurdos como que el -mal llamado- “rescate†de Bear Stearns ha hecho que los inversionistas recuperen su confianza pues saben que las autoridades financieras estarán dispuestas a lo que sea para evitar una catástrofe.

O que una vez que los estímulos fiscales decretados por el ejecutivo lleguen a las manos de la gente, comenzará la recuperación económica; sin darse cuenta de que lo que llegará a los bolsillos de los consumidores es muy inferior a lo que ha salido simplemente como resultado del incremento en el precio de la gasolina, el pan e infinidad de otros productos de consumo básico.

Por un lado, se percibe correctamente que la situación de las empresas es, en general, sana; pero por otro se oyen noticias negativas en cuanto a la situación de la banca.

Primero, hay que separar claramente lo que es la economía real de lo que ocurre en el sector financiero.

Segundo, hay que separar a ambos de la posible reacción de los precios en los mercados de valores.

Empecemos por la diferencia entre situación de la economía real y la del sector financiero.

Permítame ilustrar con un ejemplo. Usted recordará a Lance Armstrong, el famoso ciclista que ganó el Giro de Francia siete veces seguidas. El señor Armstrong logró esta proeza a pesar de haber padecido un cáncer testicular cuya metástasis atacó sus pulmones y cerebro.

Por una parte, estaba el sano y fuerte cuerpo de un atleta ejemplar, por otra, el inmisericorde ataque de una enfermedad que pudo ser mortal.

Sin duda, en su victoria contra el cáncer ayudó la enorme resistencia física del enfermo.

Una enfermedad así quizá hubiera matado a alguien sin su fortaleza.

Algo similar pasa en los Estados Unidos. Los índices de productividad de las empresas estadounidenses son extraordinarios, como lo es la capacidad de innovación y la inusual flexibilidad de la economía estadounidense.

Si fuesen “cuerpoâ€, serían el de un atleta. Pero aún un cuerpo así puede ser atacado por una enfermedad grave; en este caso, por una severa crisis crediticia.

¿Qué tanto debilitará la enfermedad al cuerpo? Es demasiado temprano para dar un diagnóstico.

Sin duda, parte del resultado dependerá de cuánto dure la enfermedad.

Esta semana hubo declaraciones importantes de Martin Feldstein, que encabeza la Oficina Nacional de Análisis Económico (NBER, por sus siglas en inglés). Esta entidad es la encargada oficial de declarar que una recesión lo es, y por ello es más significativo el contenido de lo que dijo.

Según Feldstein, es posible que ya estemos en una recesión desde diciembre. Dice también que ésta probablemente será diferente a la última, que ocurrió en 2001, porque sólo duró 8 meses; a su juicio, ésta podría parecerse más a la que ocurrió a principios de los noventa, que duró el doble de tiempo.

¿Y cuánto dañará la enfermedad al cuerpo? En mi opinión, buena parte de la respuesta dependerá de la “metástasis†que ocurra y del impacto de la contracción de crédito sobre las empresas no financieras y la economía real.

Un estudio del Fondo Monetario Internacional estima que, a precios del 15 de marzo, las pérdidas acumuladas por la crisis crediticia ascienden a 945 mil millones de dólares.

En forma interesante, sólo 225 mil corresponden al “tumor originalâ€, las hipotecas de baja calidad crediticia (el famoso “subprimeâ€).

El resto, provendrá de la metástasis hacia otros mercados de crédito que serán afectados por la caída en los precios de los inmuebles y por la desaceleración económica.

El mismo estudio estima que el daño a los bancos comerciales alcanza 273 mil millones de dólares, lo cual implicaría que solamente les falta por reconocer alrededor de 80 mil millones (pero si siguen cayendo los precios de los inmuebles, las pérdidas seguirán creciendo).

El resto, lo sufrirán casas de bolsa, hedge funds, aseguradoras y fondos de pensiones.

Parte del efecto que este “cáncer†tiene en el resto del cuerpo, es que por cada dólar de capital que desaparece del capital de un banco, pierde la capacidad de prestar diez.

El “cáncer†mermará la capacidad de llevar “oxígeno†(crédito) que es vital para el funcionamiento del resto del cuerpo.

Sin embargo, éste no deja de ser el cuerpo de un atleta y, a veces, éso es lo que nos recuerdan las alzas en el mercado accionario, cuyo comportamiento ocasionalmente tiene poco que ver con lo que ocurre con la enfermedad o con el cuerpo.

Recordemos que para que los precios de las acciones suban, por ejemplo, no es necesario que el entorno sea color de rosa.

Lo único que se necesita es que la realidad supera a las expectativas que estaban implícitas en los precios de las acciones.

Si la expectativa era que el cáncer provocaría la amputación de ambas piernas y ahora sólo se amputará una, no deja de ser horrible el resultado, pero mejor que lo que se esperaba; y los precios al alza lo reflejarán.

Con el riesgo de hacer el ejercicio más confuso, recordemos que muchas veces lo que es malo para la economía puede ser bueno para algunas empresas.

La caída del dólar, por ejemplo, refleja la falta de confianza del mundo en la economía estadounidense y es esa debilidad, paradójicamente, la que genera enormes utilidades para un buen número de multinacionales cuyo ingreso proviene, mayoritariamente, de las ventas que éstas generan fuera de los Estados Unidos en monedas que se están revaluando contra el dólar.

No olvidemos que lo más probable es que los mercados reaccionarán al alza cuando la economía aún esté francamente débil.

Éstos siempre se adelantan al ciclo económico. Y, de ahí, el que sea tan peligroso buscar optimizar el punto de entrada al mercado.

No me cabe duda de que es imposible pronosticar cuando los mercados tocarán fondo y es justo ese el ejercicio que muchos inversionistas ilusos se creen capaces de lograr.

Mucha gente se pregunta si, dado el negro panorama económico, sería mejor ver los toros desde la barrera y volver a entrar triunfalmente a la plaza hasta que la recuperación sea ya evidente.

Le ofrezco un dato por demás relevante. Si observamos los 456 meses entre 1970 y 2007, 90% del rendimiento que el mercado accionario de los Estados Unidos generó en ese período se produjo en sólo 10% de los meses.

Es, por ello, extraordinariamente riesgoso jugar a tratar de optimizar los puntos de entrada.

Lo más probable es que, para quienes lo intenten, será obvia la recuperación una vez que el mercado haya recorrido una buena parte de su ciclo de alza.

El que esté esperando, viendo desde afuera, se perderá la parte más importante de las ganancias.

Esta es una de las muchas razones por las que es importante invertir con perspectivas de largo plazo, y es absurdo intentar comprar barato y vender caro.

En la mayoría de los casos, quien gana en ese ejercicio es el intermediario financiero que disfruta de las comisiones por compras y ventas que realiza el frustrado inversionista.

Mucha gente me pregunta entonces qué hacer. Mi respuesta, mantenga sus inversiones a largo plazo. Evite estar entrando y saliendo. Asegúrese de tener inversiones de alta calidad, bien diversificadas y no pague costos absurdos.

A la larga, se sorprenderá de los resultados.

Para hacer apuestas, mejor váyase a Las Vegas; al menos, ahí le regalarán los tragos.

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