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Estados Unidos es el país de la impaciencia. Es el país de los hornos de microondas, que pueden matar el sabor o incluso el poder nutritivo de los alimentos, pero que permiten cocinar rápido.
Un médico aquí recetará toneladas de antibióticos para curar instantáneamente una enfermedad, aunque hagan pedazos el estómago del enfermo; lejos de cambiar sus hábitos alimenticios o –Dios los libre- alejarse de la vida sedentaria, prefieren perder peso engrapándose el estómago o haciéndose liposucción; y ahora quieren resolver la crisis económica rápido y por decreto, cuando habría soluciones que tendrían mayor lógica de largo plazo.
Nadie habla de la necesidad de ahorrar más o de bajar los grotescos niveles de endeudamiento y de no gastar más de lo que se tiene; de dejar que el mercado sólo defina cuánto debe valer una casa, un bono, las acciones de los bancos, o el dólar; de reducir los brutales déficit que han provocado enormes distorsiones en la balanza de pagos del mundo.
Uno esperaría que fuesen políticos quienes propusieran medidas así, y de hecho lo hacen, pero no son los únicos.
El otro día recibí una invitación para una plática que daría Hillary Clinton quien se manifiesta “decidida a parar, de una vez por todas, la caída en el precio de las casas”.
Por un angustioso momento pensé que nunca se decidiría, ahora podemos respirar tranquilos.
Pero después de burlarme en forma inmisericorde de tan arrogante e ignorante forma de ver una crisis y de quien no entiende que NADIE –con mayúscula- puede realmente alterar la dirección de los mercados a largo plazo, leo el comentario mensual que escribe Bill Gross, el director de PIMCO, el fondo más poderoso e influyente del mundo en el mercado de bonos.
En éste dice: “…una caída de 20% en los precios de los inmuebles es, de hecho, un shock mucho mayor para la economía estadounidense de lo que lo fue el que reventara la burbuja de Internet y el NASDAQ, debido a que el apalancamiento de los dueños de casas es tanto mayor.
Un ajuste de 20% no sólo borra el valor de la inversión en su vivienda para millones de americanos, la pone ‘de cabeza’ (término que se utiliza para referirse a aquellos casos en los que el valor de la deuda supera al valor del inmueble), incentivándolos a que en vez de cultivar lechuga en sus jardines, cultiven maleza.
La caída tiene que ser detenida rápidamente para evitar crisis adicionales” (quien subrayó fue el autor), (Gross, Bill; Pimco Investment Outlook, Abril 2008).
Para mí esto es como cuando uno se da cuenta de que los papás son falibles y humanos.
Tanta gente a la que le tenía respeto ahora clama por un rescate por parte del gobierno, por más regulación, porque ya llegue mi mamá porque este juego ya no me gusta, los otros niños no me dejan ganar.
Ahora resulta que los gobiernos grandes e interventores son siempre malos; a no ser que yo vaya perdiendo, en cuyo caso éstos tienen la culpa y tienen que salir al rescate.
Una vez más, la propuesta es optar por soluciones rápidas. Eso, de hecho, fue lo mismo que en su momento hizo Greenspan cuando para evitar el dolor que sería ocasionado por el colapso de Internet.
Procedió a inyectarle esteroides a la economía, bajando las tasas de interés a 1%, su nivel más bajo en medio siglo. Era previsible que estaba sentando las bases para otra burbuja mayor y potencialmente más peligrosa, pero ésta habría de reventar cuando él ya estuviera cómodamente retirado, después de pasar a la historia con el pedante e inmerecido calificativo de “Maestro”, a no ser que el título haga referencia a su maestría para crear una burbuja tras otra, con riesgos incrementales.
No sorprende que en esta política, la cultura de la liposucción, Bernanke sigue la receta de su predecesor a pesar del riesgo implícito en la estrategia.
La presión inflacionaria proviene ahora de tantas fuentes como es posible. La canasta de alimentos básicos ha subido por las nubes. Los precios del trigo y el maíz se han duplicado y triplicado respectivamente. También ha subido el precio de los combustibles (convenientemente, ni alimentos ni combustibles entran dentro de la clasificación de “core inflation” que tanto gusta a la Reserva Federal).
Los precios de las importaciones se encarecen conforme el dólar se devalúa, y las importaciones provenientes de China son, repentinamente, también fuente de inflación.
En tan explosivo escenario, volver a poner las tasas de interés de corto plazo claramente por debajo de la tasa de inflación me parece irresponsable.
¿Otra liposucción? Como en éstas, la salud del paciente es cada vez más frágil y la probabilidad de éxito a largo plazo es menor.
A pesar de la baja en las tasas de referencia, el costo de algunas hipotecas ha subido como reacción a la escasez de crédito. Los bancos simplemente no están prestando, bajar el costo del dinero es inútil. Recucir las tasas está lejos de tener un impacto más allá de ser un placebo económico. La bajísima tasa de interés ha atentado contra la estabilidad del dólar.
Como dije antes, bajar las tasas equivale a darle Red Bull a un parapléjico; por más cafeína que le demos, no va a lograr caminar.
Pero, en su afán por agradar a los mercados, Bernanke pone en riesgo un frágil balance.
Es un hecho que cuando una enorme economía como la estadounidense acumula un déficit de cuenta corriente colosal, tiene que haber por ahí numerosos casos de países que tienen un superávit considerable.
Esos países han estado dispuestos a que sus Fondos de Riqueza Soberana inviertan en Estados Unidos, comprando empresas y proveyendo de muy necesario capital a los bancos.
Pero, hasta ahora esas inversiones han sido claramente perdedoras.
Principalmente como reflejo del debilitamiento del dólar, el valor de la inversión de Abu Dhabi en Citigroup ha bajado dos mil quinientos millones de dólares desde noviembre, la inversión de Temasek –de Singapur- en Merrill Lynch ha bajado 600 millones desde diciembre, y GIC y un anónimo inversionista saudí van perdiendo cinco mil quinientos millones de dólares por su inversión en UBS.
Por si fuera poco, los bancos centrales de los grandes países superavitarios como China, Corea y los exportadores de petróleo han perdido decenas de miles de millones al denominar en dólares la mayor parte de sus reservas.
Aunque sea marginalmente, el hecho que entidades como el Fondo Nacional de Pensiones de Corea del Sur, que vale 220 mil millones de dólares, esté por vender sus bonos del tesoro estadounidense para cambiarlos por bonos gubernamentales europeos, señala el inicio de una tendencia que puede ser letal para la economía estadounidense y también para la europea.
El riesgo proviene de que, a la larga, la economía estadounidense –por mucho, la más endeudada del mundo, con deuda que equivale a tres veces su Producto Interno Bruto- tenga que pagar tasas altas para financiarla, con el objeto de compensar por la presión inflacionaria o por la volatilidad de su moneda.
Simultáneamente, se genera una pesadilla para el Banco Central Europeo que tendría que afrontar el reto de tener una moneda demasiado fuerte, lo cual mataría la capacidad exportadora de la eurozona.
Sí, lo que les quita el sueño a los poderosos banqueros es la posibilidad de que si sigue en caída libre el precio de los inmuebles, acabará comiéndose el total de la capitalización de la banca de inversión estadounidense (por el alto apalancamiento en sus balances).
Sí, los bancos de hoy tampoco son como los de antes. Las utilidades de las empresas financieras como porcentaje del PIB son hoy seis veces más altas de lo que eran a principios de 1982.
Evidentemente, la economía quedaría severamente afectada aún por una fracción de lo que implicaría un colapso de la banca.
A mi juicio, sin embargo, cualquier proceso para evitar artificialmente la caída de los precios simplemente alargará el daño que eventualmente ocurrirá.
Si los precios de las casas siguen cayendo, se atraerá a muchos compradores nuevos, nacionales y extranjeros, al mercado.
Muchos no han comprado no por no tener con qué sino porque se rehusan a pagar precios estratosféricos.
Los bancos estadounidenses tienen mucho que ofrecer en términos de nombre, alcance e infraestructura; al precio adecuado, encontrarán capital fresco.
Lo que justifica la alta rentabilidad de las empresas financieras y los elevados ingresos de sus ejecutivos es la posibilidad de perder por la naturaleza riesgosa del negocio.
Una empresa como Drexel, Long Term Capital, o Bear Stearns puede pasar de valer miles de millones a valer cero; sus accionistas, pueden ver como se esfuma el valor de su inversión, y los funcionarios pueden quedarse sin empleo.
Es ésa la racionalidad que justifica que en las épocas de vacas gordas se pueda ganar mucho dinero. Esperar que en las de vacas flacas sea el gobierno –y el contribuyente- quienes asuman la pérdida es injusto y tramposo; esperar que por decreto se pare la caída de los mercados es infantil.
La relación directa entre riesgo y rendimiento nunca ha cambiado, ni debe cambiar jamás.
Al igual que los expertos financieros estadounidenses aconsejaron a los reguladores japoneses en los 90: “mientras más pronto dejen que el mercado valúe la magnitud de la pérdida, más pronto comenzará la recuperación”.
Es más fácil decirlo que hacerlo pero hoy también es ésa la receta adecuada.
Es importante no olvidar que las empresas estadounidenses están hoy sanas, fuertes y bien capitalizadas; las más grandes no requieren de los bancos para financiarse pues pueden hacer ofertas públicas.
A pesar del desastre económico, la bolsa estadounidense se ha defendido sorprendentemente bien.
Habrá capacidad para apuntalar una recuperación una vez que se toque fondo.
Este no es un momento para otra liposucción.
Hay que ponerse a dieta, cambiar -de una vez por todas- los hábitos alimenticios, empezar a visitar el gimnasio y hacerse a la idea de que las soluciones de corto plazo solamente posponen problemas que tarde o temprano habrá que enfrentar.
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